La gestión de la madera quemada tras un incendio forestal

Encina quemada en Lozoyuela (Madrid) en el incendio de mediados de julio de 2026.La foto está toma a finales de septiembre. A pesar del incendio y del verano tan seco, la encina muestra al cabo de poco tiempo una capacidad de regeneración natural sorprendente.
Fotografía: Simón Cortés (ARBA) ©

Los incendios han arrasado un total de 1.283.185 hectáreas en España durante la última década. Buena parte de lo quemado se corresponde con terreno forestal, afectando de manera notable al cuadrante noroeste de la península ibérica, con Ourense, León y Zamora a la cabeza. En la última década, tres años concentran un alto número de grandes incendios (aquellos que superan las 500 hectáreas): el año 2022, con 50; el año 2025, con 24; y, finalmente, el año 2026, con 38. Estos incendios, llamados de «sexta generación», suponen una dificultad extrema para su extinción con los medios actuales disponibles. Debido a las condiciones de temperatura, humedad y viento en las que se desarrollan, así como a la propia dinámica climática que generan por la gran cantidad de calor liberado, hacen que no puedan apagarse y que su gestión priorice la protección de los entornos rurales o urbanos, en perjuicio de las masas forestales que se queman de forma irremediable.

Una vez acaban los incendios, los políticos prometen rápidas actuaciones para compensar los daños. La primera medida que aplican las comunidades autónomas en España, que son quienes tienen competencias para ello, es firmar decretos permitiendo la corta de la madera quemada, tanto en terrenos públicos como en los privados. La madera vendida permite obtener ingresos inmediatos para compensaciones o indemnizaciones destinadas a paliar las pérdidas de la ganadería, la agricultura o el turismo. Sin embargo, la evidencia científica es clara: mantener los troncos quemados en el terreno contribuye a acelerar la recuperación del ecosistema y favorece la regeneración natural del monte. Esto lleva a pensar que estas licitaciones excepcionales responden más a intereses económicos que a criterios científicos.

Durante los últimos años ha habido muchas experiencias de regeneración natural de montes quemados mediante políticas de intervención poco agresiva con la madera quemada. En el terrible incendio de Riba de Saelices (Guadalajara), en julio de 2005, se quemaron 13.000 hectáreas y murieron once personas del operativo de extinción. Veinte años después existen amplias zonas donde la regeneración natural ha sido un éxito, liderada por especies autóctonas que rebrotan al poco tiempo de extinguirse el incendio. En otras zonas, sin embargo, se aplicó la retirada de madera quemada y se plantaron pinos de manera exclusiva, presentando una flora totalmente diferente a la de las áreas de regeneración natural. Otros factores, como el aumento del pastoreo, la diversificación de especies en las repoblaciones o la creación de claros en el bosque para generar pastos, también favorecen la recuperación de los bosques quemados.

En incendios recientes, como el de Lozoyuela, en la Comunidad de Madrid, en julio de 2026, o el de El Berrueco, en esta misma comunidad autónoma, en julio de 2019, puede apreciarse una regeneración natural rica en especies autóctonas, incluyendo el Pinus pinaster.

La madera está compuesta por muchos de los elementos químicos necesarios para la vida, como nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio, hierro, manganeso o boro, y constituye, en forma de troncos, ramas y raíces, alrededor del 95 % de la biomasa de un árbol. Su descomposición y la lenta incorporación de estos minerales al suelo representan una ventaja para el monte quemado, ya que aportan progresivamente los elementos esenciales que necesitan las nuevas plántulas. Además, sirven de alimento directo para numerosos organismos, como hongos e insectos, que a su vez sostienen a otros animales como aves, reptiles y mamíferos. La madera muerta forma parte de la cadena trófica que alimenta al resto de habitantes del bosque, siendo un componente fundamental de la biodiversidad.

La corta y extracción de madera quemada se realiza mediante tala rasa, lo que implica la eliminación de todas las plantas de la zona. Esta práctica agrava el impacto del incendio, retrasando la regeneración natural, empobreciendo la biodiversidad futura, reduciendo la materia orgánica disponible y aumentando la erosión y la degradación del suelo. El uso de maquinaria pesada, la apertura de nuevas pistas forestales y la preparación del terreno incrementan significativamente los procesos de erosión hídrica y mecánica. Esto favorece la pérdida de las capas superficiales del suelo y deja al descubierto horizontes más profundos con abundancia de minerales y ausencia de humus, comprometiendo la capacidad de recuperación ecológica del ecosistema.

Por otra parte, la primera temporada de lluvias tras el incendio actúa como un factor amplificador de estos impactos, acelerando la exportación de sedimentos. La presencia de troncos caídos actúa como barrera natural que ralentiza el flujo superficial del agua de lluvia, mejora la capacidad de infiltración del suelo y contribuye a la recarga de los acuíferos locales. De este modo, los troncos quemados, tanto en pie como caídos, ayudan a retener el suelo, la ceniza y la hojarasca, evitando que el viento y las lluvias arrastren los nutrientes y previniendo la erosión hídrica y eólica.

Las copas de los árboles quemados pueden proporcionar sombra parcial al sotobosque, ayudando a moderar la temperatura del suelo y a reducir la evaporación de la humedad, algo beneficioso para las especies en desarrollo. Asimismo, los troncos quemados disminuyen la velocidad e impacto de las gotas de lluvia, reduciendo significativamente la erosión y ayudando a conservar la humedad en su base, un factor vital para el desarrollo de nuevas plántulas.

Muchas semillas están adaptadas al fuego, ya que dependen de las altas temperaturas para poder germinar. De otro modo permanecerían latentes. Este fenómeno se conoce como serotinia o «germinación inducida por calor». Las partes subterráneas de muchas plantas que sobreviven al incendio, como raíces y rizomas, contienen yemas latentes que esperan condiciones favorables, especialmente las primeras lluvias tras el fuego, para rebrotar con fuerza. El pisoteo y la compactación o descarnación del suelo provocados por la maquinaria pesada son especialmente perjudiciales porque destruyen o eliminan estos brotes y semillas preparados para iniciar la regeneración.

Los troncos quemados también son perforados por aves carpinteras y otras especies para crear nidos y refugios, además de servir como posaderos y atalayas. Las aves que los utilizan contribuyen a la dispersión de semillas, facilitando una rápida regeneración de la vegetación. La madera quemada es, por tanto, un pilar fundamental para la recuperación de la vida en la zona afectada. Sirve como alimento primario para numerosos organismos detritívoros, es decir, aquellos que se alimentan de materia muerta, incluyendo escarabajos xilófagos, termitas y larvas de moscas y polillas. La abundancia de insectos en la madera muerta atrae a numerosas especies de aves insectívoras, que encuentran en estos bosques quemados una importante fuente de alimento. Además, los troncos caídos ofrecen refugio y microclimas estables; debajo de ellos o dentro de su madera en descomposición encuentran cobijo anfibios, reptiles, pequeños mamíferos e innumerables invertebrados.

En conclusión, es preferible no retirar los fustes quemados, salvo aquellos que representen un peligro inminente para personas, viviendas o caminos. Las actuaciones deberían limitarse a medidas de emergencia para el control de la erosión mediante barreras y fajinas. En ningún caso debería introducirse maquinaria pesada, para evitar la compactación del suelo, la alteración del régimen hídrico, los daños a los rebrotes y al banco de semillas autóctono o la destrucción de refugios de fauna. Tampoco deberían acometerse plantaciones o restauraciones forestales a corto plazo. Asimismo, se desaconseja esparcir paja u otros materiales procedentes de zonas alejadas para evitar la introducción de especies exóticas o invasoras que puedan dañar el ecosistema local. Finalmente, conviene esperar al menos un año tras el incendio para evaluar la regeneración natural, el banco de semillas y la capacidad de rebrote antes de planificar cualquier acción a largo plazo.

Víctor Cuevas, licenciado en Magisterio y posgraduado en Psicopedagogía, orientador educativo jubilado, es miembro de ARBA (Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono), entidad que desde 1986 trabaja por la protección y recuperación de los bosques y paisajes autóctonos. ARBA cuenta con treinta y cinco grupos repartidos por todo el Estado español, con autonomía propia y objetivos comunes. Recientemente, la asociación fundó la Plataforma Ecologista Madrileña junto con otras organizaciones de defensa del territorio de la Comunidad de Madrid.

Para saber más:

Caballero L. (2022), La madera muerta no es basura: por qué retirarla perjudica el bosque (The Conversation).

EpDATA (2026), Incendios forestales en datos, estadísticas y cifras.

Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino (2008), Técnicas de preparación del suelo para repoblaciones forestales en ambientes áridos y semiáridos.

Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Anuarios de estadística forestal.

Ortega MA. (2026), Consecuencias de extraer los árboles tras un incendio (Reforesta).

Plataforma Ecologista Madrileña (2026), ARBA ante la retirada de los árboles quemados después de un incendio.

Vieira D., Girona-García A., Kastridis A. y Martins M. (2026), A post-fire management strategy for the EU (Fire Ecology, 22, 63).

VV. AA. (2018), Guía de actuaciones en una zona quemada (Sociedade Galega de Historia Natural).

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